The Verve, “Urban Hymns”, veinte años no es nada, no somos nadie

Fracasar, morder el polvo, besar la lona, tocar fondo, caída estrepitosa, desastre, perder, estar acabado, perdido. Siempre que iniciamos un proyecto, cualquiera que sea, nuestro esfuerzo se centra en un gran porcentaje en no escuchar ninguno de estos términos, ni tan siquiera imaginarlos. Como especie, no estamos versados en el fino arte del fracaso y el error, se nos enseña a mantener el equilibrio, a no tropezar, a no ser derrotados. Y así, no aprendemos uno de los ejercicios más importantes que existen: levantarnos, aprender, y volver a empezar, más sabios, mas grandes y más fuertes. Porque, y lo siento por arruinarte la sorpresa, la vida tarde o temprano te pone el palo en la rueda y caes tan pero tan fuerte y rápido que ni siquiera puedes cubrirte la cara con las manos, dejándote lamiendo el suelo que los demás pisan camino de recibir su corona de laureles.

Claro que como suele decirse “con el periódico del lunes, todos somos sabios”, y mantener la cordura durante los momentos difíciles no es algo para lo que todos están listos. Todos no, pero Richar Ashcroft sí.

Aschroft era el cantante de The Verve, una banda de pop psicodélico formada en Wigan, Inglaterra, en 1989, y para la cual la vida no había sido fácil. Nacidos inicialmente con el nombre Verve, luego de la publicación de Verbe Ep en 1992 y de A Storm in Heaven en 1993 tuvieron que cambiar el nombre de la banda a The Verbe por una denuncia recibida de la discográfica de jazz Verbe, que reclamaba derechos de Copyright. A esto hay que sumar que no pudieron terminar la gira de presentación del disco ya que Ashcroft fue ingresado por una deshidratación, producto del abuso de éxtasis, y el batería Peter Salisbury fue arrestado por destrozar una habitación de hotel en el estado de Kansas.

A northern soul fue el título del segundo disco, inspirado en el gran amigo de la banda Noel Gallagher,  el cual no alcanzó las ventas esperadas a pesar de contar con un sonido menos psicodélico y más cercano. El consumo compulsivo de drogas, las peleas constantes entre el vocalista y el genio de la guitarra Nick McCabe, el poco rendimiento económico, y el ego desenfrenado fueron la chispa que necesitaban los cuatro músicos para explotar en distintas direcciones y separarse tan sólo tres meses después de editarse el LP. Fracaso, caída, desastre.

Pasadas unas semanas de lamento, caos y confusión, Richard Ashcroft  se puso de pié, y comenzó su andadura otra vez, esta vez sin detenerse, sin siquiera dejar pasar a los obstáculos más pesados y duros que él mismo, sin mirar a ningún otro punto que no fuese su objetivo, el horizonte, el éxito del grupo que había visto nacer hacía siete años. O al menos eso fue lo que todos vimos en la televisión (un Youtube con menos prestaciones, para aquellos que no sepáis de que se trata) atónitos, cuando Bittersweet Simphony salió al aire, y nada volvió a ser lo mismo.

Más allá de la transversalidad del vídeo, de su gran dosis de enajenación y nihilismo, y de que se trate de uno de los hits más preciados de la década de los noventa, Urban Hymns, el disco que contenía este afamado single, es una acto de reconstrucción, resurgimiento, redención, y trabajo, mucho trabajo. Más allá de la analogía, fue el propio vocalista de la banda quien se cargo sobre los hombros el peso de reunir al grupo, enfrentar posiciones, lidiar con las presiones y convencerles de que aún no había grabado su mejor disco, todavía no habían aplicado nada de lo que el fracaso les había enseñado. En la reunión aparecieron todos menos McCabe, por quién hubo que esperar hasta pasado un año de la separación para que recapacitase y formase parte del combo otra vez; para ese entonces la banda había cubierto su hueco con la presencia de Simon Tong, convirtiendo al grupo en un quinteto de dos guitarras.

La producción del disco corrió a cargo de Martin “Youht” Glover, Chris Potter y la propia banda, en los míticos estudios Oplympic de Londres, en unas sesiones de composición que duraron un año y de las cuales salieron obras maestras como “The Drugs Don´t Work” quizás una de las canciones de desamor más desgarradoras, una oda al vacío y al vértigo silencioso, y la épica y psicodélica “The Rolling People” tal vez la hermana menor y mid tempo del “Columbia” que Oasis había registrado pocos años antes, depositando así a la banda en las puertas del britpop para siempre.

Ya, estarás pensando que no digo nada respecto de la posterior separación de The Verbe, ni de esa estafa a mano armada que fue el juicio por derechos de autor que la sólo la codicia de alguien como Allen Klein podía ejecutar por los samples de Andrew Loog Olham, Jagger y Richards. En fin, nada de eso empaña el esfuerzo hercúleo que cuatro chicos de la calle hicieron para comprender que en el seno más profundo y productivo de nuestros defectos, nuestras virtudes aguardan por ser descubiertas y puestas en forma. El pasado 29 de septiembre, miramos hacia atrás y vimos dos décadas de distancia desde esos tiempos en que descubrimos que aún quedaba algo de aventura de la vieja Gran Bretaña. Puede que esto no sea nada, puede que solo sea nostalgia tras veinte años de gritar eso de “Toda esta conversación de envejecer me está deprimiendo mi amor, como un gato ahogándose en una bolsa”, o puede que imagines a un barbudo en calzoncillos y barriga, tumbado en un sofá que flota sobre su propia tempestad de crisis de los cuarenta. Veinte años de pasar del mercado de Camden a los Primark gigantes de Oxford Street, de esos años en que parecía que la lluvia había abandonado Londres, a esta niebla que no nos deja ver el Brexit, del amargo sabor de derrota que deja una Virgin Store que cierra, y de que la palabra britpop se transforme en miembro de honor del festival de Eurovisión. Venga Lázaro, levántate y anda, aún nos queda mucho por fracasar.

Texto: @javiervittone
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