Tres décadas de apocalipsis, treinta años sin Luca Prodan

La década de los noventa me explotó en la cara, de golpe, con un impacto tan transversal como formativo. Y lo recuerdo bien porque el 31 de diciembre de 1989 todos bailaban en casa de mis abuelos, el fin del mundo había llegado y su himno era la Lambada. Una de mis primeras experiencias con “la canción del verano” y ya me sentía invadido, obligado, forzado a que mis oídos  se llenaran de un soniquete que no había pedido permiso para entrar. Todos eran felices, yo tenía apenas seis años, y hacía unos meses había visto por televisión cómo las fuerzas armadas estadounidenses entraban en Panamá para derrocar a Noriega. La gente les había recibido con júbilo, los soldados se movían con pericia y destreza mientras los camiones se adueñaban de las calles del país. Yo creía que era el fin del mundo, el apocalipsis, toda mi inocencia se había esfumado en un anuncio de telediario. No cabía en mi cabeza tanta locura. No por una postura política, ni mucho menos ideológica, sino por el  impacto visual. Yo no entendía nada de nada, y sigo sin entender, pero había visto por la tele que un país podía invadir a otro y hacer lo que quisiera “si pasó en Panamá, tarde o temprano puede pasar acá” pensé.  La Lambada seguía atronando mis oídos y embrujando las caderas de todos, pero en mi cerebro, desde una Buenos Aires pre-apocalíptica ya podía oler la pólvora quemada de los fusíles que venían a por mí y mi familia, el ataque era inminente. La última década del milenio nos traería terror y cautiverio, estaba claro que tarde o temprano llegarían a mi casa, nos convertirían en una colonia y lo perderíamos todo, pero a nadie le importaba, la Lambada lo curaba todo. La casa de mis abuelos era un refugio lleno de inconscientes.

Un tanto asustado y guiado por los pasos desesperados de quien busca una salida, llegué a una habitación lejos del bullicio del salón en donde mi hermano mayor y mis primos (también mayores) hablaban y reían. Estaba por preguntarles por su persistente indiferencia ante un inminente ataque de las fuerzas de George Bush padre, pero no llegué a articular palabra; una batería marcó cuatro golpes en el viejo radiograbador Philips de mis abuelos y explotó uno de los sonidos más frenéticos que mis oídos percibieron jamás. Las guitarras filosas taladrando un ritmo que sonaba como una manifestación de abejas furiosas a punto de estallar, el bajo y la batería manando como el canto de resurrección de un chamán, y un fraseo de saxo que cada vez que suena, a mis caderas le salen oídos. Cuando quise darme cuenta ya era tarde; ya estaba en el centro de la habitación iniciando un ritual de danza y movimientos inexplicables, como un James Brown sin talento intentando imitar a una manguera que se mueve sola al soltarla. Rodé por el suelo sin temor y quebré mi cuerpo dejando que el sonido tomase total control de la situación. Mi hermano y mis primos, entre asustados y agradecidos porque algo rompiese la espantosa monotonía de la nochevieja, comenzaron a animarme dando palmas y gritos,  pero yo no les podía escuchar, en mi cabeza todo era salvaje, monos, sudor, furia, y una entrega sin concesiones al movimiento, al baile, a la música. La experiencia fue tan satisfactoria para todos que mi selecto público no dudó en poner la canción tres veces más, cada vez era más grande, más nuevo, más primario, más primitivo, el aire parecía más liviano, y yo flotaba, levitaba, me inflaba, mudaba de piel con cada paso y en cada estribillo gritaba como si se tratase de un mantra “¡¡estoy rodeado de viejos vinagres, todo alrededooooooooor!!”. Hasta que exhausto y casi sin oxígeno en mis pulmones me dejé caer en el suelo, reventándome la cabeza de un golpe, pero no podía sentir nada, la música había anestesiado todas y cada una de las terminaciones de mi capacidad psicofísica.

Una vez recuperado, y casi en un estado de emoción violenta pregunté:

– ¿Cómo se llama esa banda?

– Sumo  -dijo mi hermano.

-¿Y, dónde se puede ver un concierto? -volví a preguntar.

– Tarde, Luca Prodan, el cantante, se murió hace dos años.

En ese instante comprendí lo que era el fin del mundo. Olvidadas las tropas invasoras y cualquier atisbo de temor, el fin del mundo era querer ver a alguien y no poder verle ni aún con las tropas estadounidenses de tu lado. El fin del mundo era querer bailar con un sonido en directo y saber que eso formaba parte de un pasado que no te pertenecía. El fin del mundo era tener litros de sudor por dar y no tener en qué gastarlos. Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Luca Prodan, y por ende, de Sumo, tal vez una de las bandas más inverosímiles y geniales de la historia. Hoy se cumplen treinta años del fin del mundo. Feliz Navidad.

Texto: @javiervittone
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