Diez años no son nada, Episodio I: la cronología miscelánica de Lori Meyers

Hay años que se convierten en inolvidables por motivos aparentemente insignificantes o menores, pero que si se miran con perspectiva se vuelven altamente relevantes. Por ejemplo, creo que en 2000 me reí muchísimo y me divertí hasta el extremo, lo recuerdo nítidamente porque en 2001 poco a poco las risas se volvieron una especie de mueca obligatoria con cierto carácter funcionarial. O el verano de 2004, no sé si alguna vez voy a volverme a sentir tan libre como esos cinco meses (vivía en una ciudad en la que los veranos son algo más largos) que derivaron en un posterior período en el que por primera vez me construí una pequeña jaula a medida. Pero hoy en pleno 2018 no puedo parar de pensar en dos discos que descubrí hace 10 años, el primero te lo cuento en la próxima entrega, el segundo te lo cuento a continuación.

Uno de los aspectos más interesantes del antiguo paradigma musical en lo que a compra de música se refiere era que los discos guardaban un cierto misterio entre que se editaban y el momento en que por fin los escuchabas. Actualmente la inmediatez de disfrutar de un disco al mismo instante en que ve la luz es habitual, pero en aquél entonces si uno no contaba con un dispositivo de reproducción portátil (walkman, discman, minidisc, etc.) la espera para poder escuchar un disco recién comprado era tan larga como el tiempo que se tardaba en llegar a una casa, preferiblemente a la propia. Para fomentar la compra y facilitar una escucha previa muchas disquerías contaban con reproductores en los que ya había algunos de los últimos lanzamientos del momento, esos reproductores a veces se convertían en mis espacios de recreo favoritos, todavía recuerdo a los dependientes de más de una tienda de discos mirándome con cara de “ah ¿hoy tampoco vas a comprar nada, no?” mientras yo daba una y mil vueltas a los CD’s en exposición. En esas estaba yo cuando me encontré de frente con un disco en la extinta zona musical de unos grandes almacenes de la Puerta del Sol de Madrid, esquina Preciados. Un disco que estaba llamado a ser mi banda sonora portátil: “Cronolánea” de Lori Meyers.

Lori Meyers ya había irrumpido en la escena musical con dos discos que generaron mucho interés en el público, “Viaje de Estudios” y “Hostal Pimodán”, ambos guitarreros, ambos excelentes, ambos contenían ya algunos himnos, ambos jóvenes y ahora tocaba cumplir los dieciocho. “Cronolánea” se presentaba como una necesidad de los tiempos que corrían entonces en el seno de la banda, la partida de Julián Méndez (bajista y miembro fundador de la banda), la reedición de su segundo disco en formato doble tras el cambio de compañía discográfica, la profesionalización cíclica en la medida en que crece el poder de convocatoria, la entrada de nuevos miembros, en fin…la vida. Desde su título dan a entender que nos encontramos con una miscelánea cronológica o una cronología miscelánica que acorde a acorde y sílaba a sílaba nos acerca más a la banda y sus gestas cotidianas, como si de una saga homérica se tratase. Musicalmente el salto estilístico es profundo y significativo, la introducción instrumental de ‘Intromisión’ de cadencia hipnótica y cuerdas que entremezclan de forma equilibrada psicodelia y melodía, la soltura para jugar con la dinámica en ‘La búsqueda del rol’, la sorpresa de escuchar ‘Saudade’ por primera vez y descubrir que Alejandro Méndez es un compositor muy a la altura del mejor Brian Wilson o que ‘Sin compasión’ te recuerde que no eres el único y que el rock también tiene que padecer ventanillas y citas previas. El campo lírico es otro punto álgido, nos recuerda que se trata de un cuaderno de bitácora de giras, ensayos, despechos, euforias, divinidad y paganismo. Los de Granada no escatiman ni tienen complejos a abrirse en canal y decir que “eres tú el duende oculto que alimenta mi locura” o “que yo tampoco aguanto tus historias o tus frecuentes neuras de niña tonta”, directos y tan reales como estados de ánimo caben en un día pero no exentos de figuras tales como “la monarquía se ha instalado en mi cabeza, raro es el día que no pide de comer” o “y sin embargo yo estoy bien, pero no sé”.

El disco se notaba en la calle, en el boca a boca, aquellos amigos que no sabían que Lori Meyers existía comenzaron a preguntarme “¿conoces a un grupo de Granada que tiene nombre de una canción de NOFX?” y sobre todo y más importante: pudimos empezar a disfrutar de sus conciertos cada vez más, en más y mejores espacios. Recuerdo la emoción de encontrar referencias a su música cada vez en más situaciones en donde hasta el momento no las había, en tiempos en los que las redes sociales recién asomaban y cuando aún faltaban cuatro años para que Facebook saliera a bolsa el postureo oral era un grado. Recuerdo pasearme con mi discman por la calle mientras todos utilizaban reproductores de MP3 y yo defendía que el sonido directo del disco era superior a pesar de cargar con semejante mamotreto, o mirar embobado esa portada-collage en todos los metros, trenes y autobuses intentando descifrar la iconografía implícita en las imágenes como si se tratase de un pórtico del renacimiento.

Recuerdo mucho y lo recuerdo bien, porque eso es lo que hace falta para poder generar una Cronolánea, buena memoria y buenos recuerdos, aunque sean malos. Como le pasó a los Lori Meyers cuando rompieron su propio molde y empezaron a experimentar intoxicaciones, escapes, escozores, búsquedas de rol, el paso del tiempo, premios de consolación, rutinas, suciedades y porquerías, sueños, frutos secos y cervezas, amenazas, realidades, luciérnagas y mariposas, luces de neón para luego mirar hacia atrás y contárnoslo todo.

Lori Meyers se presenta en el WiZink Center de Madrid el 29 de diciembre, puede comprar entradas aquí.

Diez años no son nada, Episodio I: la cronología miscelánica de Lori Meyers
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¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

Javier Vittone

¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

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