Jet Lag y fiebre: “Forever”, un disco perdido

Forever – “Jet Lag” (2007)

Hoy me desperté afiebrado, con el cuerpo dolorido como si me hubiesen dado una paliza, la garganta rota y la nariz superpoblada de gérmenes. El malhumor y el espíritu navideño me dieron la mañana juntando fuerzas para salir de la cama. Como de costumbre fui en busca de música, necesitaba canciones que me levantaran el ánimo, necesitaba guitarras, necesitaba transformar el salón de mi casa en un templo. Hice el camino de la habitación hasta la discoteca casi sin mirar y con la mano extendida sabiendo ya dónde estaba el disco que iba a convertir una mañana de paracetamol en un ágape de tostadas y té. Abrí la caja y un pánico que hacía años no sentía me heló la columna de cabo a rabo, parpadeó esperando estar bajo los efectos de las altas temperaturas, rezando para que una alucinación febril me estuviese jugando una mala pasada, pero no: “¡¿Dónde está “Forever” de Jet Lag?!”. Empiezo a hacer memoria mientras abro aleatoriamente cajas de discos y más discos, “Off the ground” de Paul McCartney, “Show Bussines” de Frank Sinatra, “Sueroine” de The Pribata Idaho, una a una las cajas se abren con la alegría de descubrir que los discos están en su sitio seguida de la decepción de no encontrar el dichoso Forever”.

Justo en el momento en que estaba dando la mañana por perdida una idea surgió en mi auxilio “bueno, no pasa nada, lo escucho vía streaming por internet”, encendí mi ordenador en busca de ese set list maravilloso y ahí la desazón fue completa, pesada, total. No conseguí encontrar una sola plataforma que contenga dicho disco. Algunas canciones sueltas en YouTube y poco más.

No puedo recordar cuándo fue la última vez que no pude conseguir algo, y no por falta de memoria, sino por falta de ambición, por comodidad, por pereza, porque la inmediatez digital, que es tan útil y de la cual no reniego ni un ápice, a veces consigue dejar mi curiosidad un tanto anestesiada y termino creyendo que todo lo que busco existe y está ahí, a un clic de distancia. Pero el desasosiego por el extravío trajo un poco de calma y hasta consiguió que la temperatura corporal y la congestión nasal no me importasen tanto. Hacía mucho que no perdía algo, algo importante, y quería disfrutar del momento.

Sé que a veces saco a relucir aspectos curiosos de la era pre-internet, mi fecha de nacimiento me obligó a vivir con un ojo puesto a cada lado de esa gran caída del espacio-tiempo que fue la World Wide Web, las redes P2P, el streaming y las App’s. Esto llevará a imaginar que quien escribe es un viejo apático a disgusto con los tiempos que corren y que vive defendiendo la nostalgia a golpe de soberbia y miradas por encima del hombro. Nada más lejos de la realidad.

Pero ahora mi trabajo se convierte en una odisea, una saga maravillosa, porque estoy hablando de un disco del que no vas a encontrar un enlace directo a Spotify a pie de página, vas a tener que usar tu imaginación, bienvenido a la edad de piedra, necesito más pañuelos de papel. Vas a tener que imaginar un piano Fender Rhodes rompiendo el silencio con una progresión de cuatro compases hasta que una banda cargadisima hasta las cejas de una atmósfera que sólo el productor Paco Loco sabe suministrar, irrumpe marcando el compás. Vas a tener que imaginar que un día descubres que Ramiro Nieto no sólo es el mejor par de muñecas a cargo de una batería a este lado del globo, sino que además canta de una manera que sólo él puede hacerlo, con una cordialidad sureña (como si fuese un auténtico caballero tejano) y una profundidad envidiables. Imagina que Vancouvers hacían una música del carajo, y que luego a Juan Santaner le quedaba resto para seguir haciendo música del carajo editando Amplifier, Beautiful Scars, Jet Lag y Forever a la vez que ya daba cátedra en autogestión, militancia discográfica y agitación cultural.  

Imagina tiempos en que cuando ocurrían las cosas había que hablar para enterarse, contar la historia y rezar para que aquellos que la escuchaban la repitieran lo más fielmente posible para que no se perdiese en el boca-oreja. Imagina que todo lo que podemos conseguir es un porcentaje muy pequeño de todo aquello que alguna vez realmente ocurrió.

No sé si en ello pensaba el grupo cuando gestaban piezas como “Found in translation”, “On the night” o “Inside out”, lo cierto es que es un disco que les valió más de una comparación con Wilco, y a mí me valió una discusión con un amigo que enfadado me increpaba por decirle  “mira, lo siento pero Sky blue sky de Wilco no me gusta tanto como Forever de Jet Lag, y si estoy equivocado te invito a dos cañas” y como sé que estas líneas van a llegar a sus ojos aprovecho para decirle que sigo pensando igual, y que me debe dos cañas.

A estas alturas mi disco sigue sin aparecer y por precaución tengo abiertas en el ordenador un par de páginas en donde podría adquirirlo, nunca se sabe, los dos videoclips y las dos canciones en directo de los Conciertos de Radio3 que hay en YouTube no son suficientes y ya empiezo a sentir la presencia de un fenómeno aterrador: el olvido, pausa para té y medicinas.

El olvido hace carne ese miedo que infundía Atila con la frase “por donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la tierra” y nos obliga a aferrarnos con uñas y dientes a todo aquello que aún podamos conservar en la memoria, como por ejemplo yo ahora que no consigo recordar cuál es la canción que empieza con un sonido como de grillos y si esa es la misma que además incluye el ruido que hacen los instrumentos cuando se enchufan, o si son dos canciones distintas; o si la canción que da título al disco dice “how we get this far? o “how we get so far?”.

Empiezo a pensar en la cantidad de discos, vinilos, cassettes, dvd y vhs que no existen en la red, en cuánto tiempo nos queda para no perder todo aquello que no llegó a convertirse en un ordenado galimatías de unos y ceros, en sí los pocos que quedamos que conservamos todos nuestros walkman y discman no nos convertiremos en unos caballeros cruzados contra el canibalismo tecnológico.

Empiezo a sentir la necesidad de llamar a todos mis amigos para preguntarles si les gusta el final de Casablanca o si creen que el audio deLet it Be” les parece maravilloso a pesar de no estar mezclado por George Martin, empiezo a temer que la fiebre me esté volviendo paranoico, o convirtiendo en un moderno de mierda. Quiero estar tirado un rincón del patio del colegio sin más preocupación que tener el suficiente dinero encima para cuandoAmnesiac” de Radiohead salga a la venta, quiero preguntar a toda la gente que lleva auriculares mientras camina por la calle ¿Qué sienten cuando escuchan lo que escuchas? ¿Tienen ganas de llorar y se las aguantan porque están en público? Necesito un cassette y un bolígrafo Bic. No puedo recordar si la banda de Soul-Funk que tanto nos gustaba a mi primo y a mi se llamaba Blue Stone o Blue Train, o si nunca existió y la fiebre me creo un falso recuerdo.

Llevo tanto tiempo tecleando, borrando, leyendo en voz alta, arrepintiéndome y reescribiendo que el sudor me obligó a cambiar cuatro veces de camiseta, ya no hay fiebre, casi respiro cómodamente y hasta tengo hambre, no sé qué hora es pero el sol tiene un color naranja casi tarde noche, la mañana se me pasó un poco de largo “Toto, i don’t think we’re in Kansas anymore”. Creo que el orden de prioridades es comer, ducharme y salir a explorar tiendas de discos. Salir a ver si aún queda gente en la calle, o si estamos todos también convertidos en un galimatías de unos y ceros, voy a salir a hablar con un dependiente que me mira con condescendencia al preguntarle “¿Qué es lo que tienes sonando en los altavoces? me gusta mucho”.

Nunca se sabe, será más caro que en la web, pero la aventura lo vale. Aunque por las dudas voy a aprovechar este momento para pedir a los responsables, dueños, mecenas, captores o guardianes del disco que hoy me ocupó un día entero que se prodiguen un poquito por alguna plataforma de escucha digital, porque hoy tuve suerte, pero no todos los días la fiebre va a estar ahí para calmarme el dolor de perder un disco, un dolor que creía ya perdido. Gracias.

Jet Lag y fiebre: “Forever”, un disco perdido
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¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

Javier Vittone

¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

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