El charanguista Jaime Torres fallece a los 80 años

Tener catorce años y estar en un concierto de rock es una de las experiencias más cercanas a la libertad que pueden experimentarse en esta vida. Hacer la peregrinación hasta el sitio donde se va a producir el evento con los nervios de no saber qué canciones tocará el grupo, si estarán mejor o peor que la gira anterior, si harán muchas canciones del disco nuevo “…debería haberlo escuchado más…” , apurar el paso a medida que nos vamos acercando a la puerta de entrada, controlar una y mil veces que el ticket está a salvo en nuestro bolsillo, desear con todas las fuerzas que todos los días de nuestra vida sean así, adrenalina a puro rito.

Recuerdo nítidamente todo esto porque aún a día de hoy me pasa, después de haber cumplido catorce años un poco más de dos veces. Pero el mismo día en que cumplí mis primeros catorce recuerdo estar en un concierto en Buenos Aires en el que ocurrió algo que trascendió toda liturgia. Era una noche de verano y el grupo Divididos se presentaba ante un más que abultado público al aire libre cuando el cantante Ricardo Mollo invitó al escenario a un músico de extracción netamente folklórica, el charanguista Jaime Torres.

Recuerdo algunas risas entre los fundamentalistas del rock al ver llegar a un hombre de unos 60 años, con un poncho al hombro y el charango listo. Torres, no ajeno a la reacción extrañada de las más de 50.000 personas que colmaban el predio saludó afectuosamente a los miembros de la banda, se aproximó paciente y tranquilamente al micrófono y dijo: “he tenido la posibilidad de girar por todo el mundo, tocando ante públicos bravos, espero que en mi propio país me lo pongan un poquito más amable”, y todo sin perder ni un ápice de su sonrisa amplia y luminosa. El respetable quedó rendido a sus pies sin siquiera haber soltado una sola nota y de esta manera empezó un solo de charango que me hizo sentir lo que deben haber experimentado aquellos afortunados que pudieron ver alguna vez en directo a Jimi Hendrix.

Luego de aquél primer encuentro con ese coloso de las diez cuerdas descubrí que yo ya le había escuchado mucho ya que él era el charango que sonaba en ‘La misa criolla’ de Ariel Ramírez, y empecé a interesarme cada vez más por su obra. Descubrí la historia de un hombre que acorde a acorde había recorrido el mundo de punta a punta compartiendo experiencias con orquestas sinfónicas, músicos del Japón, conciertos para la OEA y la ONU, giras por Europa, espectáculos en Washington, música para cine, actuaciones con Paco de Lucía, artistas de rock como Divididos o la y hasta el mismísimo Gustavo Santaolalla le reconoce como la persona que le animó e impulsó a grabar su disco Ronroco. Así fue como su labor elevó al charango a una categoría instrumental que nunca se le había otorgado ya que históricamente era considerado un instrumento menor, de acompañamiento, marginal, tercermundista, exótico. Jaime extrajo del charango toda la magia que ocultaba dentro de sus entrañas, y el charango hizo lo mismo con Jaime.

Este pasado 24 de diciembre, mientras preparábamos paganamente una fiesta sacra, Jaime Torres falleció a la edad de 80 años, y aún así brindamos y comimos opíparamente, pero tal vez con un poco menos de magia en el mundo.

 

Hoy, 25 de diciembre, mientras escribía estas líneas encontré una anécdota de sus años como alumno de primaria, Jaime preguntó a su profesora por el 12 de octubre y recibió como respuesta “fue el día en que llegó la civilización a América”. Luego él explicaba que esa respuesta le generó unas ansias de rebeldía respecto a una definición tan categórica y dañina que no puedo más que empeñarse en liberar al charango de su encorsetamiento elitista, objetivo que cumplió con creces. Y en el camino también nos liberó a todos.

Gracias Jaime, de todo corazón.

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¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

Javier Vittone

¿Qué otra cosa puede hacer un conversador compulsivo cuando no le quedan oídos cerca? Escribir, hablarle al ordenador, a la libreta más cercana o al teléfono mientras pienso en el siguiente disco que voy a escuchar.

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