El Charles Chaplin de la canción

El Manin es un percusionista malagueño que pronto arranca su carrera como cantautor con su primer disco.

Masadas, una plaza porticada donde la lluvia de marzo no moja tanto. Una vinoteca barcelonesa. Decenas de piernas inquietas cuelgan de taburetes pensados para gigantes. Un sommelier sirve un refresco de cola y una cerveza sin alcohol. Un fan no sabe a quién admira. Un malagueño enamorado de su cajón.

“No quiero ser famoso. ¡Qué coñazo!”, dice resoplando Juan Rubio mientras nos cambian de sitio a cambio de cuatro olivas que pronto se deshuesarían. En la mesa de al lado un presunto admirador suyo se acerca para preguntarle por un cantante con el que no comparte escenario y por el lanzamiento de un disco que lleva ya más de un mes a la venta. La fama no, pero la industria musical “está de puta madre”. Eso dice El Manin augurando un futuro en la industria aún mejor.

A Juan nadie le llama por su nombre. De pequeño, en su querida Málaga natal, todos le llamaban ‘Juanín’. Sin embargo, a su hermano pequeño, pese a intentarlo una y mil veces, le salía ‘Manín’. Y así se quedó. Fue sin querer, pero desde entonces este percusionista, librepensador y amo de casa tiene pseudónimo.

“Soy más sensible de lo que pone ahí”, dice señalando una lista de adjetivos entre las que asoman términos como poetisatírico o cachondista. El Manin es conocido por ser el fiel escudero de El Kanka, un cantautor -también malagueño- al que la música cada vez le quiere más y mejor. Siempre le acompaña en sus conciertos con sus juguetes de percusión, la gente le adora por su guasa, su simpatía y su autenticidad, pero también le afectan las cosas y se emociona. Pronto lanzará su primer disco, titulado La vida esta”, en el que se desnuda por completo. Letras que hablan de problemas sociales, de amor, de contaminación y de El Manin que no se ve; o al que no miran.

La canción de amor actual es más empalagosa que un bocadillo de caramelo con chocolate fundido y regaliz. El Manin está cansado de Pablos Alboranes, de pop ligero y de amor romántico. Incluso de Operación Triunfo como formato. “No es más que un Talent Show edulcorado para que los niños adolescentes lloren con canciones de amor”, afirma el malagueño, a quien le gustaría ver en alguna edición de este programa canciones de artistas como Los Chichos o Rosendo.

El Manin aboga por disfrazar los ‘sin ti me muero’ de ‘nos queremos porque queremos’. Que las canciones de amor no hablen de obligaciones y sí lo hagan, por ejemplo, de química, palabreja que da título a un bolero que ha compuesto y dedicado a su actual pareja. “Hay una serie de personas en este mundo que a cada uno de nosotros nos la pone dura, y otras que no”, señala con una tímida carcajada. Una canción en la que intenta explicar cómo es posible que entre dos personas se produzca un feeling físico tan increíble. Venimos de muchos años de Walt Disney en los que las princesas están escondidas y los machotes las protegen, así que los cantautores están dispuestos a darle un par de vueltas a estos conceptos que huelen a panteón.

El Manin es Juan Rubio siempre. En un escenario o comiéndose un hamburguesote de 150 gramos en L’Empanat. Con camisa estampada de flores o con chándal. Tocando un cajón o silbando melodías a un micrófono. Es un artista versátil. Canta, baila e incluso hace beatbox.Kanka, ¡defínele! –le pido justo cuando entra a la vinoteca para decirnos lo muy hambriento que estaba. – ¡Joder, quillo! Eso es muy difícil. Es que hace de todo. Es el Charles Chaplin de la canción –contesta Kanka provocando que su tocayo y compatriota se muera de risa.

El Manin se pierde en los conciertos por las reducidas inmensidades de su set de percusión. Cajón, bombo, platillo, timbal, cascabeles y algún que otro instrumento con sabor cubano. Un mundo paralelo sobre el escenario que comienza en un bombín -como los de Chaplin- camuflando un moño hípster semirecogido que muere donde nace una frondosa barba de más de sesenta bolos. En mitad de todo eso, unas manos huyen de la ortodoxia del cajón. El estilo como falta de estudio. La personalidad como manual.

Un observador de la condición humana. Un poeta de la calle que se empeña en disimular que lo que más le gusta es cantar. Compone andando. El día que pierda el pulso de la gente, sus letras morirán. La conversación de dos amigos en un banco. La charla de una pareja en un bar. Un trayecto en autobús. Todo eso le inspira a componer canciones como ‘Adoquines’, uno de sus temas estrella. “Los políticos que nos manejan están fuera de la sociedad, viven en una burbuja de oro y no saben qué se cuece en los rincones de la ciudad”, señala El Manin, quien explica que sus composiciones son mayoritariamente autobiográficas. Son sinceras porque las ha vivido. No hay errores. Sin trampa ni cartón. Lo que no siente, no lo escribe, no lo canta.

El Manin ha sido hasta la fecha un instrumentista acompañante, un actor de reparto. En la sombra -donde se siente muy cómodo- de artistas como Izal, Rozalén, El Niño de la Hipoteca o Mr. Kilombo. Se debe a ellos y no se le caen los anillos por reconocerlo. “Yo solo no he dado ni 10 conciertos, mientras que con El Kanka llevaré más de 800. Es un orgullo para mí que la gente me conozca por lo que he hecho hasta la fecha: tocar el cajón”, reconoce. Sin embargo, tampoco esconde que ha tenido algunos conflictos consigo mismo y ahora está dispuesto a quitarse esa espinita de sentirse cantautor con su primer disco. Un hijo que le llora a las tres de la mañana y por el que se levanta para cuidarle. Estará perfecto el día de su bautizo. Cada vez queda menos para que dé a luz.

Su compañera Tania le abrió el mundo de la música con 15 años, cuando le enseñó en el colegio el instrumento que hizo que El Manin se convirtiera en música. Ahora, es incapaz de no probar melodías y ritmo con todo lo que le rodea. En la mesa donde ya no queda ni cerveza sin alcohol, en el servilletero e incluso en el casco de la moto que lleva puesto mientras le llevo desde la Sagrera hasta un garito justo enfrente de la Sala Apolo. Va cantando todo el rato. No sabe que me he perdido varias veces y no encuentro el camino. Se olvida de que está comenzando a llover de nuevo.

La música no tiene demasiada memoria y a los artistas les da pánico pasar de moda. El Manin tiene ese miedo. No quiere triunfar, sino vivir de su arte. Desde que cobraba en pacharán puso todos los huevos en la misma cesta y, de momento, “la vida esta” le trata bien. Como se merece.

Texto: Eloy Lecina
El Charles Chaplin de la canción
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