Eric Clapton Unplugged, veinticinco años volviendo a la raíz

La imagen es clara y nítida, si cierro los ojos hasta puedo sentir el bañador aún mojado y escuchar el chapoteo que hacía mi hermano mayor saliendo de la piscina del jardín. Mientras, en el interior de la casa, yo llevaba unos minutos de ventaja y los había invertido en sentarme en un butacón a escuchar un disco que me tenía obsesionado por aquél entonces; Unplugged de Eric Clapton. Irónicamente por aquél entonces, bordeando los doce años, me encontraba en plena campaña de ahorro para comprarme mi primera guitarra eléctrica, cansado ya del poco glamour rockero de la guitarra española. Justo cuando estaba acabando la primera pista del disco, siento a mis espaldas los pasos de mi hermano mayor detenerse a pocos metros de mí, y sentar cátedra con una de las reflexiones que más peso tuvieron a lo largo de mi vida: “Clapton con este disco dio un mensaje excelente, si quieres ser el dios de la guitarra eléctrica, primero toca la española y la acústica,  aprende desde cero, desde la raíz.

Tal vez en eso estuviese pensando Clapton por aquél entonces, volver a la raíz, asirse a algo firme desde donde reconstruirse luego de atravesar uno de los periodos más difíciles de su vida.

Grabado en directo, el 16 de enero de 1992, en los estudios Bray Film de Windsor, Inglaterra, este disco no solamente es una gran interpretación en directo, un despliegue de talento inigualable, un desfile de los más destacados músicos de la escena o un set list de clásicos; es además un caldo emocional intenso y catártico, elegante y dosificado, que para algo somo ingleses. El balance de los últimos años tal vez no era el mejor si tenemos en cuenta que la noche del 27 de agosto de 1990, después de un memorable concierto compartiendo escenario con Stevie Ray Vaughan en el Alpine Valley Theatre de East Troy, Wisconsin, Clapton, cediese su plaza en el helicóptero que le llevaría de regreso a Chicago a Vaughan para que, pasados unos minutos en el aire, el artefacto se precipitara contra una pista de esquí en donde encontraría la muerte el guitarrista de Texas y el resto de la tripulación compuesta por el piloto, el por entonces agente de Clapton, y dos músicos de su banda de acompañamiento. Lejos de ser éste el golpe más duro que le deparaba el destino, el 20 de marzo de 1991, tan solo siete meses después, su hijo Conor perdería la vida tras caer por la ventana del piso 53 del edificio en el que vivía junto a su madre, con tan solo 4 años de edad. Devastado por el dolor, el gran slowhand sólo tenía un refugio al que recurrir: el blues. El blues, el rythm and blues, el country, el jazz, y todo sonido que le remitiese a algún tipo de raíz afroamericana. No había mejor paliativo para el dolor, ya que en la raíz habitan lo valores más intensos de las bases para que la vida pueda abrirse paso, y este era un momento en el que imperaba que, de alguna manera, la vida se abriese paso.

El disco cuenta por un lado con canciones compuestas por el artista expresamente para la ocasión, como es el caso de “Tears in heaven”, “Lonely stranger”, “My father’s eyes” o “The circus left town”, aunque las últimas dos, sólo puede encontrarse en la reedición de lujo; y por otra parte, con versiones de clásicos del mismo Clapton y de otros músicos como Bo Didley, Big Bill Broonzy, Jimmy Cox o Robert Johnson. Esta retrospectiva de la música popular afroamericana fue fundamental para el resurgimiento del interés por la música de raíces, del cual se fagocitan a día de hoy, muchos artistas nuevos que ayudan a mantener vivo el espíritu de este género; así como también terminó de cimentar a los músicos participantes de la misma como leyendas vivas; Chuck Leavell  y su solo de piano en “Nobody knows you when you’re down and out”, el modo en que Ray Cooper transforma una pandereta en un complejo y sofisticado instrumento en “Rollin’ and tumblin’”, Steve Ferrone y Nathan East consolidándose como la gran dupla “batería-bajo” del acompañamiento, creando una base potente e inquebrantable; Katie Kisson y Tessa Niles, las dos coristas cerrando una década en la que habían dado varias vueltas al planeta colaborando en giras con todos los músicos de primerísimo nivel que se puedan enumerar y, por supuesto, Andy Fairweather Low, eterno escudero del Surrey God durante más de treinta años, tocando todo tipo de guitarras, la mandolina, la armónica y el kazoo. Todos juntos para apoyar a un inspiradísimo Eric Clapton en su desesperada búsqueda de algo que le ayude a recobrar el aliento.

En términos comerciales fue, un éxito rotundo, ventas desorbitadas que llegaron a la certificación de “diamante” (antigua certificación de ventas millonarias), ganando Grammys y con una difusión en la cadena MTV (sí, antes la MTV era un canal de música) en high rotation descomunal. Personalmente, y digo personalmente, creo que además hubo otro factor que tal vez colaboró con el éxito de este disco (y con el de muchos otros de la época) el formato CD. Si bien el CD, (cedé, cidí, compact disc, disco compacto, compac, o como se prenunciase en tu lugar de origen) llevaba comercializándose desde hacía unos diez años, no fue sino hasta entrada la década de los noventa que el consumidor medio, pudo acceder a dicha tecnología transformando así a las ediciones del momento en grandes beneficiadas debido a su acceso inmediato, aunque seguramente me equivoque, o no.

El hecho de que sea un concierto que también fue editado en formato visual le da el carácter de pieza de colección que tiene. Si resulta que mientras lees esto empieza a picarte la curiosidad, puedes recurrir a tu plataforma preferida para disfrutar de este espectáculo y descubrir su faceta antropológica debido al desfile ininterrumpido de guitarras e instrumentos de colección, los cuales, si pones un poco de atención, hasta pueden darte una pista acerca de la evolución de la música del siglo XX. Como suelo decir cada vez que tengo la oportunidad de recomendarlo, este disco-concierto-vídeo-terapia, debería ser incluido en los libros de historia.

El efecto transformador de este fenómeno no dejo indiferente tampoco al mismo Clapton que desde entonces la gran mayoría de sus conciertos comenzaban con una sección semi-acústica antes de entrar de lleno a las guitarras eléctricas de altos decibelios. Por otra parte la última década de su carrera discográfica estuvo marcada por grabaciones junto a B.B. King, J.J. Cale, o tributos a Robert Johnson. El carácter transformador de esta experiencia fue absoluto.

Volviendo a mis memorias, no sé cuánto tiempo pasó hasta que dejé de levitar con el eco de las palabras de mi hermano reverberando en mi cabeza. Lo que sí tengo claro, como el agua, es que pospuse la compra de mi primer guitarra eléctrica dos años, y seguí dejándome los dedos en mi vieja guitarra española. Está de más decir que, en mi caso, no surtió un gran efecto ya que es más probable que pase a la historia como un gran ingeridor de helados que como guitarrista pero, sí me sirvió para aprender que, cuando perdemos la brújula, cuando no somos capaces de decidir, cuando la motivación no llega, cuando la cabeza va demasiado rápido o demasiado lento, no hay grandes trucos ni milagros más efectivos que respirar tranquilamente, volver a la raíz y empezar otra vez de cero.

Texto: @javiervittone
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